El mundo, esa gigantesca zona de `cruising´ heterosexual
04.Ago.2026. Opinión. Estoy en la terraza de un bar con amigas. Bullicio, conversaciones entrecruzadas. Ella está en la mesa de al lado, no la conozco de nada, pero la escucho perfectamente. Tendrá unos 40 años y parece simpática, un poco culpable por lo que está a punto de decir. Duda, pero finalmente lo suelta: “Chica, a mí eso del cruising me da escalofríos. Me parece super espeluznante”. Es una de esas ocasiones en las que me voy a casa, me acuesto y continúo en mi cabeza una conversación que nunca tendrá lugar en la realidad.
Chica de la terraza del bar: primero voy a explicar lo que es el cruising, aunque ya lo sepas. Pero le debo una introducción a las personas que lean este texto. Ahí va: quizás os haya pasado alguna vez. Es posible que incluso conozcas de sobra este modo de esparcimiento. Vas por un pasaje natural, una playa, un parque, un estacionamiento o los baños de alguna estación de servicio, y percibes una actividad más o menos discreta, unas miradas, un revuelo concreto: hombres buscándose, encontrándose, teniendo sexo. Por supuesto, el cruising es eso y mucho más, pero por ahora voy a detenerme solamente en esa percepción externa, vista desde el ojo heternormativo, que es al que estoy hablando.
Querida desconocida de la terraza del bar, déjame, te cuento una historia: cuando un domingo, a mis 15 años, mis padres volvieron inesperadamente de una excursión con amigos porque les había pillado un chaparrón, yo estaba en la cama con una novia. Salí del cuarto. "¿Estabas durmiendo?" preguntó mi madre extrañada.

"Creo que tengo un poco de fiebre", inventé. Ella me tomó la temperatura con la palma de la mano, al modo preocupado de las madres, y coincidió en que me notaba un "poco caliente". Ahora me da mucha risa esta situación, pero en aquél momento sentía la vergüenza más pura. Luego, mi mamá me dijo que iban a tomarse algo en el salón.
Era imposible salir de mi habitación sin ser vistos desde el salón de la casa, así que volví a entrar en la habitación. Sentía tanto terror que obligué a mi novia a meterse bajo la cama. Ella se enfadó muchísimo, así que lo único que se me ocurrió fue meterme debajo de la cama yo también. Allí, entre pelusas y susurros agitados, discutimos, lloré, pedí perdón, nos reconciliamos, hicimos el amor y volví a llorar.
Dentro del círculo de mis padres, sorprender a tu hija en la cama con un chaval habría resultado hasta gracioso, comprensible, integrado dentro de una camaradería común ("ay juventud, divino tesoro..."). No estaba tan segura de que, en el caso de una chica, aquello no fuese a resultar terriblemente incómodo, un escándalo del que todo el mundo iba a enterarse, con consecuencias que, a mis 15 años, me parecían inasumibles.

Recuerdo la tristeza pesada de pasar la tarde bajo la cama, y pensar en mis amigas y sus novios varones, que en esos momentos estarían follando con ropa en los parques, a la vista de ciudadanos perfectamente acostumbrados a ese exhibicionismo aceptado. Me cabreaba estar allí, bajo la cama, mientras otras personas gozaban del privilegio de la invisibilidad.
Como bisexual, he visto cómo mi vida se ha vuelto enrevesadamente difícil y sorprendentemente fácil cuando variase el género de mi pareja. Cuando he estado con un hombre, he sentido a menudo cierta culpa de estar disfrutando del anchuroso paisaje heterosexual, ese lugar en el que todos te miran con naturalidad, mientras recordaba la existencia de la otra parte.
Estimada muchacha de la terraza del bar: estos tipos que ves oteando por los rincones no están robándote tu paseíto por el parque o tu comodidad en los baños de la estación de autobuses. No buscan soliviantar tu candor heterosexual. Sé que este tipo de actividades provocan, a veces, una cierta incomodidad en el paseante. Le resulta fuerte toparse con gays viviendo momentos muy íntimos. Por eso se me ocurre esta pregunta refrescante que quizás ventile algunas mentes heteroinconscientes (que a veces son espacios mucho peor ventilados que cualquier cuarto oscuro): ¿Has pensado que cualquier persona homosexual o bisexual se ha pasado la vida viendo a sus amigos heteros besuqueándose y manoseándose en público, desde el patio del instituto hasta cualquier lugar de la calle, pasando por fiestas, parques, bodas y bautizos? ¿No es el mundo, todo él, una gigantesca zona de cruising heterosexual, en la que se exhiben el romance, el sexo y, en general, la cultura heteronormativa, hasta la saciedad?

Viéndolo así, podríamos decir que el cruising es el desquitarse de un hartazgo del que poco se habla, pero que puede resultar agotador. Porque la heterosexualidad no es sólo una preferencia sexual nu una identidad, sino un paisaje constante, un continuo que todos, sean cuales sean los derroteros de nuestra identidad y nuestra sexualidad, hemos tenido que habitar.
"¡Qué exageración!", dirá alguno que lea esto. Y yo le respondo: quien pertenece a la mayoría ultra representada, rara vez se da verdadera cuenta que está siendo represenado. No piensas en el aire que respiras; simplemente respiras. La heterosexualidad es una aire, además, que se da tanto por hecho que llega a hartar. Está presente desde la presunción de heterosexualidad en la infancia ("seguro que ya tienes muchos novios ya", me decía a los cinco añitos un pediatra de manos heladas), en los anuncios (parejas heterosexuales felices para anunciar cualquier estupidez, desde seguros de vida hasta brotes baby para ensalada), en las canciones (chico pierde a chica, chica sufre por chico, chico y chica se aman con desesperación), en el cine (sobra poner ejemplos; nuestra cultura romántica ha sido forjada sobre una base de historias eminentemente heterosexuales).
A día de hoy existe mucha más presencia LGBTIQ+ en la cultura popular y en el espacio público que hace 30 o 40 años, pero sigue siendo proporcionalmente menor.
No pasa nada, chica de la terraza del bar, porque un día vayas caminando por un parque y te sientas mínimamente violentada por un hombre haciéndole una felación a otro. ¿No te gusta viajar, conocer otros mundos? Pues este está ahí, a tu lado, todo el tiempo. Pero le es más difícil desenvolverse libremente fuera de ese pedazo de espacio público. De resto, el mundo es un gigantesco espacio de cruising heterosexual en el que nadie necesita arbustos, ni pistas ni pasadizos, porque todas las calles llevan, desde hace mucho tiempo, a lo mismo.
Así que tendrás que reconocer, chica de la terraza el bar, que ese escalofríos que sientes hay que desenvolverlo, analizarlo con atención y tirarlo a la basura con la elegancia de una persona que es consciente de su privilegio.
Sabina Urraca
Artículo originalmente publicado en la sección "IDEAS" del diario El País, del Domingo 02 de Agosto del 2026.
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