grupo de genteCelos y adolescencia

 

29.Ene.2026. Para Leer. Una tarde, al volver del instituto, nuestro hijo comentó que en clase habían hablado de los celos.

 

Su existencia, su relevancia en las relaciones amorosas, su necesidad, o no, y sus posibles efectos sobre las personas había sido el tema de debate en Atención Educativa.

 

Él opinó que eran una muestra de inseguridad, que no aportaban nada a la relación y, en cambio, podían hacer daño. Casi de inmediato, sus compañeros y compañeras empezaron a replicarle quitándole la razón.

 

— "¿Tú verías normal que tu chica se quedase mirando a otro?"

— "Yo tengo que tener control de sus amistades y si no es así es que no confía en mí o que me engaña; no son celos, es compromiso."

— "O sea, ¿te da igual que otro venga a morrearse con tu novia?"

— "Si estoy con un chico es para que él esté conmigo y solo conmigo, no tonteando con cualquiera."

— "No son celos, es amor."

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Escuchando lo que le contestaron sus compañeros, me vi transportado varias décadas atrás. A mi pueblo. A mi pandilla. A la tarde de verano en la que un amigo pidió “la entrada”. En aquellos días, en muchos de nuestros pueblos, para tener novia y salir con ella oficialmente había que ir a hablar con su padre, a pedir su permiso, a responder a sus preguntas (a pedir la entrada). Y lo habitual era que, una vez obtenido el permiso paterno, nos juntáramos en la plaza del pueblo y felicitásemos a los nuevos novios.

 

Así fue también aquel anochecer y, mientras hablaba con mi amigo sobre el mal trago que era ver al suegro, un conocido se le acercó:

 

– ¿Tú no acabas de pedir la entrada? —preguntó.

—  —respondió él.

— Entonces, ¿por qué dejas que todos esten besando y manoseando a tu novia?

 

Nos quedamos mudos, ojipláticos, mientras el chaval se alejaba meneando la cabeza como si no pudiera creer lo que veía.

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El debate en clase de Atención Educativa de mi hijo vino a ratificar una sospecha. Hemos cambiado de siglo, de milenio, pero se siguen repitiendo clichés de posesión como si amar te convirtiera en dueño y señor de otra persona. El único cambio remarcable, y no menor, todo sea dicho, es que ahora ese espejol de dominio es seguido también por ellas, algo impensable en los años 70, cuando amo sólo podía ser el macho.

 

Los idealizados en torno al amor -los llamados “mitos del amor romántico”- llevan implícita la tolerancia de ciertos comportamientos claramente abusivos. Tal es el caso de los celos, cuya presencia llega a considerarse requisito indispensable en una relación con vocación de permanencia pese a ser evidente que sólo sirven para justificar conductas egoístas.

 

sexy4Volviendo a los celos, al investigar se descubre que hay pulseras específicas que las chicas colocan a sus parejas para que todo el mundo sepa que “están pillados”, para “marcar territorio”. Pueden ser coleteros; tirante de sujetador o el elástico de una braga atado a la muñeca. El elástico de un boxer sería su contraparte masculina.

 

En todo caso, ha de ser visible y no se puede quitar so pena de bronca tremenda y castigos diversos, como negarles la palabra o bloquearles amigos en redes sociales. Para lo que, evidentemente, tienen que poseer las claves de acceso de las mismas.

 

Todo ello aderezado con la presión del grupo, que marca filosofía de vida y pretende comportamientos uniformes en todas y todos para ser vistos y leídos como uno más.

 

No sé si a otros padres o madres les pasa. A mí me ha sorprendido todo este desarrollo de los celos, de las relaciones posesivas, de un universo cerrado entre una juventud que lleva escuchando hablar de igualdad y respeto desde la guardería. Se supone que tenemos la adolescencia más formada e informada sobre diversidad, derechos, tolerancia…, pero resulta que las relaciones tóxicas están deviniendo en moda.

 

Si a esto añadimos la mudanza en las posiciones políticas de la juventud, con una parte cada vez más numerosa optando por ideologías ultras, podemos estar ante un cambio de sentido del péndulo de la historia. 

 

amistad gay¿Por qué? ¿Por qué esta regresión? Supongo que la sociología elaborará respuestas adecuadas a este giro dramático de los acontecimientos, pero se me ocurren un par de razones para ello. 

 

De un lado, la natural rebeldía de los jóvenes, siempre opuesta a lo políticamente correcto, a lo que se le da como hecho, establecido y aceptado. De otro lado, la casta política gobernante, que para nada es vista como ejemplar por chicas y chicos. De hecho, casi el 80% de la juventud española cree que los políticos mienten (y poco me parece, visto el panorama nacional).

 

Además, el informe “Así somos: el estado de la adolescencia en España”, incluye otro dato: más del 77% de nuestros jóvenes sienten que sus opiniones no son tomadas en cuenta por la casta política. Es decir, sienten que no le importan al poder y por tanto los discursos que desde él llegan no los perciben como vinculantes. Al contrario, los reciben con rechazo por proceder, precisamente, de quien proceden. Así, dan la espalda un feminismo que ven punitivo; abandonan una igualdad que sienten no elegida y optan por un marco social diferente al oficialmente propuesto.

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Filosofías aparte y bajando a ras de suelo, como padre mi preocupación principal es el miedo a que se normalicen las relaciones tóxicasQue se acepte que amar significa que la otra persona controle tu vida; que te obliguen a responder wasap de forma automática; que las amistades de siempre se pierdan o mantengan en función de los deseos de la recién llegada pareja.

 

Mi miedo es que olviden que la verdadera desgracia es no amar (A. Camus) y que, cuando los celos se entretejen con la vida, no se ama, solamente se sobrelleva el amor.

 

Pedro Pefucas

Padre por Gestación Subrogada. Activista por los DD de las Familias LGTBIQ+.

 

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