familia homoparentalConfesiones de Medianoche: `Hombre, gay y padre por gestación subrogada´

 

29.Oct.2019. Anécdotas. En agosto y en Jaén el calor es espeso. En el comedor, mi madre habla de sus planes de futuro para mí: “cuando rehagas tu vida, hijo”.

 

Sé que debo hablar, que no puedo demorar más el momento:

 

"Mamá, nunca me voy a casar. Nunca tendré hijos".

 

En mi viaje de ida (por amor) y vuelta de la heterosexualidad había construido unas realidades que ya no eran las mías. Pero las palabras que dije aquella tarde si eran reales. Sabía, como todo el mundo sabe, que mi decisión me cerraba puertas: Los homosexuales ni se casan ni tienen hijos.

 

Mi madre lo llevó con dignidad. Solo exclamó, con pesar, “pero hijo, ¡esa es una vida muy triste!”. Yo entonces no sabía cómo era, pero sí que era la vida que quería tener.

 

Cuando la idea de que dos hombres se casaran se convirtió en una posibilidad, para pasar a ser un proyecto y al final una ley de carne y hueso, el mundo dio un giro radical y el hombre que desde hacía unos años compartía esa vida (al que mi madre adoraba, sin que le pareciéramos para nada tristes) comenzó a pensar en matrimonio. Nos casamos en 2008.

 

dos chicos atardecerPero no fuimos los primeros, claro. El año anterior se habían casaron Rafa y Pierre. Una boda hermosa, con muchos invitados, y original, porque ellos son así. Para empezar, nos separaron a las parejas, de modo que me vi sentado en una mesa con personas a las que no conocía de nada y, junto a mí, un hombre con una niña pequeña. Varias mesas más allá lo veía a él, sentado junto a otro chico que tenía a su vera otra niña, igual de pequeña, de unos 3-4 años. El parecido entre ambas era evidente. Acabábamos de conocer a Manuel y Marcos y a sus gemelas.

 

Vimos que era real. Que era posible. Que los sueños a veces se tornan sólidos y comienzan a respirar en nuestra sangre y en nuestras vidas. Que hay cosas que, no por dificultosas, son inalcanzables. Los que me conocen ya saben las veces que repito al día que solo se logra aquello que se intenta, aquello por lo que se pelea. Lo he aprendido muy bien. 

 

No tenía que resignarme a ser estéril por ser homosexual. No tenía que resignarme a no tener hijos porque mi futuro marido fuese un hombre.

 

Como decía, nos casamos en 2008. En diciembre de 2009, el día de la Inmaculada Concepción (la vida tiene sus caprichos, lo crean o no) unas pocas células empezaban a duplicarse y nosotros juntábamos las manos, casi sin respirar, esperando el milagro.  

 

Ella era perfecta. Por su mirada y su sonrisa. Por su amor y generosidad. Por esas hijas fascinantes que tenía y con las que, no me pregunten cómo, lograba hablar, pese a solo decir poco más que “yes” (en mi adolescencia estudié francés; lo del inglés aún está en trámite).

 

maternidad subrogada padres gaysLa noche que nos conocimos, por sobre el mantel blanco de aquel restaurante californiano, mientras las luces y las velas jugaban con las copas y los platos, ella nos miró a los ojos y supimos que sí, que deseaba hacer eso con nosotros y por nosotros.

 

Siempre me emociona revivir aquel momento, cuando su mirada limpia y verde nos rodeó. Era realmente una mirada cálida. Y el milagro vino: En agosto de 2010, en California, nacía nuestro hijo. Cuando nació se lo acerqué para que lo viera. Ella lo miró sonriendo y exclamó:

 

It´s a perfect boy”.

 

Era verdad.

 

Mi madre, unos meses después, vio la foto de aquella maravillosa mujer y la besó murmurando “gracias”. Mi madre siempre dijo que le habría gustado estar en mejores condiciones físicas para viajar, llevarle en persona un regalo y darle un beso de verdad. Un beso que en su cabeza había dado muchas veces. 

 

Los seres humanos podemos ser definidos de muchas formas. Yo me defino como cincuentón, hombre, hijo, hermano, amigo (y enemigo, que seguro lo soy también), flaco, homosexual, médico, ginecólogo (vivo por, de, para y con las mujeres), enamorado de mi profesión, tío y sobrino, cocinillas, Fuentes (nuestras parejas dicen que ¡cómo somos los Fuentes!), expinchadiscos, rubio (bueno, dejémoslo en canoso), y, especialmente, un hombre casado. Un casado enamorado del mejor hombre que la vida le ha puesto por delante.

 

Pero, sobre todo, por encima de todo, más allá de todo lo demás, soy PADRE.

 

dos hombres gays con su hijo

 

Y ese hijo es lo que de verdad, de un modo tajante, completo y absoluto me define. Él me hace ser lo que soy, como soy

 

En diciembre, Jaén (España), puede ser gélido... o no. Recuerdo que en el salón se ha colocado el árbol y sus luces parpadean. Un belén/nacimiento reposa sobre el mueble mural, como todos los años. Bandejas y platos con turrones y mantecados aparecen por cualquier sitio, acompañados por coloridas botellas de licores que nunca tomamos, pero que siempre están.

 

Mi hijo, pandereta en mano, ha repartido, tras colocarlos en fila, instrumentos a tíos y primos. Su abuela, tras él, está dispuesta para el desfile, olvidando su artrosis y sus vértebras aplastadas. Él empieza a tocar, marcando su ritmo, y todos marchan por el pasillo cantando (gritando) “ande, ande, ande la manimonena, ande, ande, ande que es la Nochebuena...”.

 

Mi madre murió a las 23.30 horas del día 14 de mayo de 2018. Tres noches antes susurró el nombre de mi hijo. Él vino corriendo y saltó sobre la cama para besar a su Manana. Su pequeña mano acarició su cara. Con amor. Ella lo adoraba. Él la sigue adorando.

  

Pedro Fuentes

@PeFuCas

Artículo publicado originalmente el 23 de diciembre de 2013 en la Revista web Oveja Rosa.

 

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