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Confesiones de Medianoche: `El ciclista de la lycra sexy´

 

27.Ene.2019. Anécdotas. Suelo hacer bici los domingos, especialmente en una autopista que cierra para los automóviles ese día y que solemos llamar `La Cota Mil´, sitio ideal ya sea para correr, caminar o manejar bicicleta. El día que lo vi andaba con mi bici en el canal con sentido hacia Guarenas (este de Caracas, Venezuela). Luego de un rato de ir y venir, decidí detenerme un rato en un sitio donde se suele hacer parada (a la altura de Sabas Nieves).

 

Él estaba junto a su bici. Se había detenido también a descansar a unos escasos metros de mi. Pero había una diferencia importante entre el y yo. Yo estaba vestido con ropa de paseo, mientras que el parecía ciclista profesional pues llevaba ropa de carrera, es decir, estaba vestido de lycra desde el cuello hasta las rodillas.

 

Debo confesar que las lycras en un hombre me ponen nervioso. Así como a un hombre se le va la mirada al busto de una mujer, a mi se me va la mirada al paquete de un hombre con lycras (aunque en ocasiones, la mirada se me va lleve o no lycras).

 

Este ciclista, rapado y de gym no sólo tenía lycras. También tenía un bulto que llamaba la atención y verlo “arreglar” su paquete de posición cada cinco minutos me puso nervioso. No pude evitarlo. No podía dejar de verlo. Como él llevaba lentes oscuros no sabía si me miraba. O peor aun, no sabía si yo me había delatado ante el con tanta miradera de mi parte.  En una discoteca gay uno sabe que todos son gays. En la calle es diferente. Uno no sabe si uno está frente a un hombre hetero que reaccionará agresivamente si se da cuenta que otro hombre quiere algo con él.

 

 

Pocas veces me he arriesgado. Pero decidí hacerlo. Pasé a la primera etapa al abordar un hombre en la calle: “Cortar el hielo”. Luego de unos diez minutos buscando en mi cabeza una excusa creíble para abordarlo, descarté varias posibilidades hasta que decidí que el tema tenía que ser de bicicletas. El tenía una y yo otra. La de él era de carreras mientras que la mía era de paseo, pero estaba seguro que funcionaría.

Decidí preguntarle sobre los frenos. Quería saber si los frenos se podrían ajustar y si me recomendaba un lugar para hacerlo (cosa que era muy cierta). No hay nada mejor que abordar a alguien que te gusta con un tema que realmente te interesa. Es “matar dos pájaros de un tiro”.

 

torso hombreEl ciclista respondió muy amablemente mis inquietudes. Estaba seguro que él se cansaría, se montaría en su bicicleta y me dejaría allí solo. Pero aunque me pareció un hombre muy esquivo y frío, seguía respondiendo mis preguntas. No se iba. Si antes se acomodaba su paquete cada cinco minutos, ahora lo hacía cada tres. Me ponía más nervioso.

 

De hecho, en ocasiones, mientras el miraba hacia otro lado, yo se lo miraba para saber si dentro de esas lycras se escondía una erección. Nunca lo supe. Es muy difícil saberlo en la sombra, en una lycra negra, sin levantar sospechas.

 

De pronto me sorprendí en la segunda fase al abordar a otro hombre: “hacer preguntas personales”. Cuando haces preguntas personales estás enviando una señal “me interesas, quiero saber de ti”. Si la otra persona comienza a responder las preguntas personales de buena gana entonces puedes pasar a la tercera fase. Estaba seguro que no pasaría de la segunda fase, pero el ciclista estaba allí, prestándome atención, respondiendo a todas mis inquietudes.

 

Así supe a qué hora había llegado a la Cota Mil, cuántas vueltas había hecho ya, cuál era su rutina… dónde vivía, a qué se dedicaba, etc. Me sorprendía haber llegado tan lejos. La adrenalina corría por mi cuerpo. Así como la pregunta: “¿este ciclista será o no será?”.

 

Supongo que estaba en tal estado de embriaguez con las lycras del ciclista que tenía en frente que decidí llevar la segunda fase hasta el final: “pedirle su número de teléfono". Estaba en tal nivel de excitación que no recuerdo bajo qué excusa le pedí su número. Vamos a ver. Le estaba pidiendo el número de teléfono a otro hombre que recién acababa de conocer… en plena calle!!!

… pero el ciclista me dio su número!!!

 

torso hombreAmbos nos fuimos, el a su casa y yo a la mía. Por supuesto que de allí en adelante comenzaría la tercera fase: “filtrear por el whatsaap”.

Lo primero que hice al llegar a casa fue escribirle… “ya en casa y ahora a comer”.

 

Mis esfuerzos no parecían en vano cuando me llegó su respuesta diciéndome “yo también, pero no hay comida… voy a ver si me voy a casa de una tía”.

 

Me la puso facilita, porque rápidamente le respondí “ahhh, pero de haber sabido te habría invitado a comer… yo tenía el almuerzo listo”. Con este mensaje, básicamente le estoy diciendo “te dejo entrar en mi casa… me interesas. Y estoy seguro que captó mi indirecta, porque me volvió a responder, esta vez con una carita de “sorpresa”, junto con “la carita con la lengua afuera”.

 

Mi estrategia parecía ir en el rumbo correcto. Lo dejé tranquilito esa tarde de domingo. A nadie le gusta que lo bombardeen con mensajes. Hay que dosificar cada contacto, medir cada palabra. Especialmente si no sabes si el otro es gay, bisexual, curioso o hetero.

 

Mi tarde de domingo fue para almorzar, dormir la siesta y visitar a mis papas. Cuando ya era de noche y me devolvía casa me acordé de mi ciclista rapado y de buen cuerpo. Quería comérmelo. Repasé todo el encuentro ocurrido en la mañana de ese domingo. Entré en tal nivel de excitación que me decidí por escribirle de nuevo:

 

¿Qué tal el almuerzo en casa de la tía?

 

En el arte de la seducción, hay que retomar el camino donde se había dejado y mi amigo ciclista me seguía el juego. Todo era demasiado excitante. Más aún cuando vi que me enviaba un whatsapp respondiéndome con un detalle de todo lo que había comido. Luego agregó:

 

“pero estoy muerto, me duelen las piernas como no tienes una idea”

 

… Otra vez “me la había puesto bombita de nuevo". : En toda seducción hay un punto de inflexión. Un punto que cuando decidimos tomarlo, ya no hay marcha atrás. Y esto pasa para cualquiera de las dos partes. Allí, estaba yo. Frente a mi punto de inflexión, mientras manejaba por la autopista. Y decidí llegar hasta ese punto cuando le escribí otro whatsapp diciéndole:

 

“Qué mal!!! Te mereces un buen masaje. Si no estuvieras ocupado iría a darte un masaje en las piernas”.

 

Cuando le di a la techa “enviar” un escalofrío me recorrió la espalda. Comencé a reír de histeria mientras manejaba. ¿Cómo habría sido capaz de enviar un mensaje como ese a un hombre que recién acababa de conocer? Pero casi choco mi carro cuando un minuto más tarde recibí el siguiente mensaje:

 

“¿Dónde estás? No estoy ocupado. Vivo en el centro. Si quieres te vienes”

 

torso hombreNormalmente estas cosas no me pasan a mi. De pronto me sentí en un mundo paralelo. Había conocido un tipo con pinta hetero en la mañana y estaba a punto de ir a su casa a darle un masaje. No se siente lo mismo cuando vas a casa de alguien que acabas de conocer en Grindr o en una disco. ¿Por qué? Porque tienes la seguridad de que el tipo que conoces en Grindr o en la disco es gay o bi. Pero no tienes un 100% de certeza con alguien fuera de ese ambiente.

 

La adrenalina desbordaba de mi cuerpo cuando le respondí:

 

“¿Dónde vives?”

 

Y casi me vuelvo loco cuando me dio su dirección completa. Mi ciclista vivía en el centro. Cerca de la Avenida de las Fuerzas Armadas, cerca del centro de Caracas.

 

Lo que hace la adrenalina. Lo que hace el morbo. Pero tenía que entrar en la cuarta y última fase: “coronar”. Estacionar mi carro en una calle del centro de Caracas, en una zona que no conozco, un domingo a las 10.00 pm… toda una locura!!! Pero no pensaba con la razón. Las hormonas habían tomado control de mi cuerpo.

 

Le dije que había llegado y el bajó a buscarme. Me dijo dónde estacionar y subimos a su apartamento, pequeño pero acogedor. Ideal para una persona soltera.

 

Nos saludamos, conversamos un poco y mientras vimos un poco de televisión. Hasta que decidí forzar la barrera diciendo:

 

“y cómo sigues de las piernas”

 

A lo cual me respondió:

 

“me duelen full… Pero estaré mejor ¿No me habías prometido un masaje?”

 

Claro, tu me dices dónde”, le respondí.

 

torso hombreMe llevó a la habitación. Me dio una crema y se echó en la cama. Yo me senté a su lado y comencé a darle el masaje que le había prometido.

 

De verdad le dí un masaje a sus piernas: batatas, muslos, plantas del pie. Yo estaba en estado neutro. Disfruté mucho el hacerlo. La situación era muy sexy. No sabía si aquello era real o si estaba metido en una película porno. Yo estaba muy excitado. El se había quitado el sweater y el pantalón con el que había bajado a buscarme y se había quedado en camiseta y boxers blancos.

 

Aquí vino otro punto de inflexión: cuando decidí hasta su ingle, rozando su miembro. Era hora de descubrir el paquete que en la mañana se encontraba tras la lycra...

 

Vi como el llevó su brazos hacia su cabeza, tapando su cara, mientras se relajaba. De pronto me dejé llevar, haciendo que mis manos dejaran de ser protagonistas para cederle el paso a mi boca, mis labios y mi lengua, los cuales descubrieron cada centímetro de su cuerpo (salvo su rostro). Lo miraba fijamente. Disfrutaba verlo retorcerse de placer y escucharlo gemir.

 

No se si mi amigo ciclista era hetero, bi o gay. Solo se que nunca llegamos a besarnos. A pesar de que ambos estábamos muy excitados nunca me atreví a seguir forzando la barrera. Jugueteamos en su cama hasta que el me confesó no poder aguantar más. Fue por un preservativo e hizo de activo. Mientras que yo me desempeñé como un buen pasivo, disfrutando un montón. La forma en que nos conocimos, hasta este dulce desenlace me había parecido muy sensual. Poco después de la medianoche me fui a mi casa. Las hormonas y el morbo te hacen olvidar que el día siguiente trabajas y debes madrugar ("sarna con gusto no pica...").

 

Lo volví a ver dos veces más. Una segunda vez en su casa con un ritual muy similar en la anterior y una tercera vez en una maxi-ferretería (EPA de los Ruices), también en la ciudad de Caracas,  ocasión en que lo noté un poco nervioso al verme. Quizás porque había gente alrededor. Supongo.

 

He dejado de ir a La Cota Mil. Si un día de estos me animo a ir, lo buscaré. O hasta me anime y le escriba. Tal vez le ofrezca uno de mis masajes. Buen plan, ¿no?.

 

Pedro Luis

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